FRONTERAS

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El AMOR, disculpen la franqueza, es ROMA pero al revés.

 Quizá el olor que una madre deja en su almohada, el de las lentejas de la abuela, o la velocidad a la que te late el corazón cuando oyes las llaves de tu padre preparándose para abrir la puerta. Puede que sea, por qué no, el mechón de pelo suelto, estratégicamente colocado, que un viejo amor te quita de la boca, o la mirada cómplice entre dos desconocidos en el tren que buscan algo de emoción, después de doce horas de rutina interminable.

Quién sabe. Lo mismo el amor es una mujer con la camisa de un hombre, tumbada y recordando con Damien Rice de fondo, un café a las siete de la mañana, que te sigan queriendo a pesar de no quitarte los calcetines al hacer el amor en pleno invierno o que te inviten a pasar.

 Podría ser también una ducha caliente después de abandonar una batalla incluso antes de librarla, la noche antes de llevar a alguien al aeropuerto o no querer mirar atrás por no encontrarte a la persona de la que huyes.

Puede que el amor  no sea hacerlo, sino escribir sobre él. O pensar que, simplemente, el AMOR es ROMA del revés.            

Pero contigo. 

UNO; NI DOS NI TRES

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Una cena por las plazuelas de Roma.

Tomar café cerca de los lagos de Copenhague.

Fallarte en Venecia,

y pedirte perdón en una cama de París.

Tomar el sol en Noruega.

Y refrescarme en los Fiordos.

Sentir cómo le late el corazón a Europa

con sólo un paseo por Praga.

O ponerte delante de Grecia,

para ver cuál de los dos deslumbra más.

Pero si sólo puedo pedir uno,

más que nada en este mapa,

quiero que me mires.

Que me mires.

Por las callejuelas del lugar de donde vienes,

al que perteneces,

del que se van los cuerpos, incluso las mentes,

pero en el que se queda el alma que siempre hay que volver a recoger.

Te hablo de ese lugar que te arranca las cadenas,

y te acompaña a la puerta, y del que, aún así,

nunca te vas del todo.

Y Ése, amor,

Ése, 

No es otro que Sevilla.